Posteado por: rosacobos | enero 10, 2010

El silencio de los borregos

Nos quejamos los funcionarios de la forma en que somos tratados por la jerarquía política en relación al trabajo que desarrollamos. Parece que nos gusta recrearnos en la crítica continua hacia aquellos que ostentan la responsabilidad político-administrativa, hasta el punto de considerarlos como los únicos responsables del malestar que, en un momento dado, pueda existir entre los empleados públicos.

Pero ¿es la clase política la única responsable?. ¿No debiéramos entonar los funcionarios el “mea culpa”?.  Existen en la red múltiples espacios como este dedicados al mundo en el que se desenvuelve la actividad funcionarial. En ellos se relatan situaciones en las que los funcionarios aparecemos como las víctimas de un sinfín de atropellos supuestamente ejercidos por la clase dirigente. Esto es una realidad, sin duda, y yo misma la he argumentado en este blog en algún que otro post. Pero me pregunto si nosotros, los empleados publicos, estamos ayudando también a que cada vez se produzcan con más frecuencia este tipo de situaciones. El día a día en la Administración me ha hecho concluir en que tal vez tengamos parte de culpa.

Dice el refrán que “el que calla, otorga”. Si se produce una irregularidad y miramos hacia otro lado estamos, sin quererlo, fomentando este tipo de prácticas. ¿Pero por qué volvemos la cabeza ante un atropello laboral?, me pregunto, y creo que son dos motivos los que nos alientan por dentro:

  • El miedo, como el peor de los enemigos del empleado público. Todos sentimos un terror visceral a ser señalados si alzamos demasiado la voz; no queremos tampoco ser objeto de posibles represalias o, en otras palabras, ser víctimas de violencia institucional.
  • Y la esperanza. La esperanza de recibir la dádiva del político y su generosidad. Una generosidad que suele traducirse en un puesto de mayor categoría y mejor remunerado sin tener que pasar por el calvario que supone prepararse una oposición. La esperanza del funcionario es una de las mejores armas de un político para mantener a raya a los más reivindicativos.

Nos estamos acostumbrando a recibir más que a producir. La creatividad y aportación de nuevas ideas está perdiendo protagonismo y dejando paso a la apatía y a la pasividad. A nosotros mismos nos interesa ser unos funcionarios disciplinados y poco creativos para ser, al cabo de un tiempo, unos funcionarios agradecidos.

Por eso creo que somos, en conjunto, culpables. Culpables por no pedir cuentas a la autoridad, por agachar la cabeza creyendo que si estamos calladitos tal vez, algún día, seremos premiados. Nuestro conformismo permite que determinadas situaciones indeseables y de desigualdad sigan creciendo. Nuestra pasividad ante supuestas causas irregulares permite que éstas se conviertan en el reflejo de una actividad normal. Igualmente, una actitud receptiva por nuestra parte (aceptar cierto tipo de prebendas) alienta a otros a actuar de igual manera.

La moral del funcionario público se viene abajo. La situación económica y social que nos envuelve, este ambiente enrarecido, está acabando con la disciplina y el sentido del deber hacia lo público. Y una de las peores consecuencias de lo anterior es que los funcionarios que realmente se consideran servidores públicos pueden llegar a convertirse en una especie en extinción, mientras aumentan aquellos que creen que el puesto público es un precioso lugar en el que “hacer su agosto” particular.

A la función pública deben llegar los mejores, o mejor dicho, las mejores personas, porque el expediente académico y profesional, aunque importante, no es suficiente para demostrar una formación en valores. Y me da la impresión de que, en algunas Administraciones, esto no está pasando: las mejores personas se quedan en la cuneta.

Nos olvidamos los funcionarios, con demasiada frecuencia, de esos magníficos artículos 53, 54 y  55.1 del Estatuto Básico del Empleado Publico. Nos olvidamos de que debemos ser nosotros, y no otros, los principales guardianes de esos maravillosos principios que rigen el acceso y desempeño de la función pública. La observancia absoluta de esa imparcialidad y transparencia que, en teoría, debe conducir el quehacer diario de un servidor público es la que permite, a la larga, que determinadas prácticas adulteradas desaparezcan progresivamente. Aunque, claro, esta actitud alerta para no vernos involucrados en situaciones que pudieran arriesgar nuestra objetividad, es tan sólo el último eslabón de una cadena porque para llegar a éste debemos, en primer lugar, aprender a respetarnos a nosotros mismos y, en segundo lugar, aprender también a respetar a los demás.

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Responses

  1. Rosa,

    Tienes mucha razón!!

    La verdad es que los funcionarios se quejan (a menudo con razón) de los políticos, de sus acciones…

    Pero casi siempre se queda en eso, en quejas; nunca (o casi nunca) hay acciones.

    En el fondo no deja de ser un reflejo de la sociedad, de nuestra sociedad.

    Somos muy “quejicas” pero pocos pasan a la acción, demasiados pocos…

  2. Hace falta valor para entonar este “mea culpa”. Como estamos a principios de año, pensemos en los buenos propósitos y deseémonos un año de más responsabilidad a todos. Para empezar, no hagas como yo y sigue escribiendo en este blog.
    Feliz Año

  3. Es difícil… Llevo poco tiempo en administración pública, y entiendo al funcionario: nunca antes me había encontrado con “jefes” que, al no tener más control que el “institucional” (y eso no implica ninguna persona física sino todos y cada uno de nosotros) hacen hacer y hacen deshacer sin criterio, más que “gustos” o “preferencias”.
    No puedo justificar la apatía y la “dejadez” (no es el término correcto pero es el que me sale), pero casicasicasicasi lo entiendo.

  4. MarcG: Y esos pocos que pasan a la acción son tan pocos que, al final, se quedan “solos ante el peligro.

    Amedeo: ya habrás notado que yo tampoco escribo mucho últimamente en el blog. Supongo que, como cada cosa que tiene principio, los blogs también tedrán su fin.

    Toapou: bienvenid@ a este blog. Cuando se lleva poco tiempo trabajando en la Admón. Pública las cosas se ven de otra manera. Con el paso del tiempo somos más conscientes de situaciones que antes pasaban inadvertidas. Cosas de la edad.

  5. Bueno, pues yo no estoy para nada de acuerdo en lo que dices. La última que me ha pasado en mi puesto de trabajo es que me han mandado 2 días por semana a echar una mano en otro departamento.

    Primero, mentira en lo que iba a hacer. Segundo, que allí me tienen medio tocándome las narices, en un ordenador que da pena, y haciendo funciones de una categoría inferior. Y, tercero, tienen todo el derecho de hacerlo (lo llaman “comisión de servicios forzosa por atribución temporal de funciones”). Y si voy a un contencioso, pues sí, igual me dan la razón, pero me voy a gastar una pasta y los nervios en un juicio que, para cuando se celebre, teóricamente ya habré vuelto a mi puesto de trabajo.

    Una vergüenza todo. Y, lo más curioso, es que a los cargos políticos no les han tocado ni un pelo. Y mi jefe es un puto cobarde y un embustero, digas lo que digas, y ya se lo he soltado en toda la cara.

  6. Pues sí, peterlove, es una “putada”. También a mí me han “degradado” en alguna que otra ocasión. Lo que quiero reflejar en el post es la apatía generalizada que todos tenemos y a la que nos estamos acostumbrando. Lo que te ha pasado es algo que en una Administración pública no debería ocurrir pero, claro, … para eso están la dichosa comisión de servicios y la ya manida atribución temporal de funciones y ambas formas de provisión se están utilizando para “putear” a determinados empleados públicos.

  7. A lo mejor puede ser de interés esta nota del blog de la Asociación para la Defensa de la Función Pública Aragonesa.

    FRENTE A LA DICTADURA DE LA INDECENCIA.

    Con iluminadora lucidez, el profesor Emilio LLedó, en un artículo publicado ayer sábado en “El País”, señalaba que “el lenguaje, que se funda en la verdad, en la honradez personal y política, abre las puertas a la razón y a la vida”. El lenguaje, como instrumento de libertad y de honestidad, es nuestro principal recurso para hacer frente a la mentira que trabaja incansable para desvirtuar los más preciados valores de nuestra vida en común. Concluía el profesor Lledó: la vida democrática jamás podrá realizarse mientras la ciudadanía, desconcertada y engañada por la codicia de los otros, se resigne, por la miserable ideología de la pragmacia, a soportar la dictadura de la indecencia.

    Es difícil retratar en menos palabras y de forma más eficaz la realidad en la que a veces nos sentimos inmersos. Los valores de la democracia, de la democracia como orden moral, pero también como organización institucional, parecen haber sido privados de su vigor ético y de su fuerza dignificadora de la convivencia social, para ser groseramente desplazados por una dictadura de la indecencia, que padecemos y a la que contribuimos cada vez que toleramos episodios de corrupción o de injusticia.

    La escasa vigencia de los principios de legalidad y de transparencia que apreciamos en algunas de las instituciones de nuestra Comunidad Autónoma constituyen un factor de una enorme gravedad -aunque no parezca preocupar a todos por igual-, que va empujando a nuestra sociedad cada vez más hacia esa “dictadura de la indecencia”, donde la codicia y la mentira parecen ir ganando el control de todos los resortes.

    En esta situación, si esto fuera así, y no hay razones para dudar de la veracidad del análisis del profesor Lledó, aunque sea a título de “hipótesis” o “amenaza”, debiéramos preguntarnos por la posición que corresponde ocupar a los servidores públicos, como profesionales de la función pública. ¿Han de servir indistintamente al interés general y a los intereses de esa “dictadura de la indecencia”? ¿La inamovilidad en sus puestos de trabajo no era para garantizar, precisamente, su imparcialidad y su compromiso con la legalidad? ¿Cuál ha de ser su reacción?

    Esta Asociación -y comprendemos que ello moleste poderosamente al poder político- no es neutral éticamente. La función pública, por definición, ha de ser un antídoto y un freno frente al abuso de poder y la corrupción pública, tanto política como administrativa. La función pública ha de ser un elemento activo para construir, justamente, una “sociedad decente”.

    Sabemos que existe un decidido interés en que la realidad sea justamente la contraria, y para ello, desde el poder, se pretende una estructura administrativa meramente instrumental, que se limite a ejecutar los designios políticos, sean decentes o indecentes. La “dictadura de la indecencia” es el más claro ejemplo de mal gobierno y conlleva el secuestro o apropiación, en beneficio personal o de grupo, de las instituciones y de los recursos públicos. Ello exige, previamente, desvirtuar el papel asignado a la función pública.

    Frente a ello, confiamos en que los políticos honrados, los servidores públicos fieles a su compromiso y los ciudadanos que no han adoptado el cinismo como guía de conducta, actuando de forma conjunta, puedan acabar con esa “dictadura de la indecencia” y dar pasos decisivos hacia el logro de una “sociedad decente”, en la que el poder político esté verdaderamente al servicio de las personas.

  8. Montaraz, un artículo genial. Por fortuna, existen políticos honrados y ciudadanos decentes que saben lo que quieren.

  9. http://fiscalizacion.es/2009/01/06/separacion-del-servicio/#comment-10513

    Lo que más teme un funcionario es el ser separado del servicio por el art.56.1.c.d EBEP 7/2007 derivado del art.30.1.e DLFCE 315/1964 que junto al despedido y al inhabilitado les excluye a perpetuidad desde los 16 años de todo empleo publico y sin posibilidad de rehabilitación salvo si aspiran a empleos de juez, fiscal, personal de Sanidad, Cortes, de la UE.

    Rogamos a Rosa y a sus lectores que os pronunciéis sobre este desaguisado del art.56 EBEP que pone en cuestión todas las Oposiciones del Estado desde 1978 a 2011 por excluir separados del servicio mediante LISTAS NEGRAS DE EXCLUIDOS BAJO JURAMENTO (buscar en GOOGLE separación del servicio, inhabilitacion, sanciones pereptuas….)

    http://fiscalizacion.es/2009/01/06/separacion-del-servicio/#comment-10338

    http://fiscalizacion.es/files/2011/03/El_Faro_de_Vigo_17_julio_1992_Nulidad_de_Oposiciones_juramentadas_franquistas.pdf


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