Posteado por: rosacobos | julio 8, 2009

¿A qué temen los empleados públicos?

panic

Imagen: www.javierllinares.es/?p=229

 

A lo que más temen (o tememos) los empleados públicos es, como no, a sufrir recortes en nuestros conceptos retributivos o a que nos congelen el sueldo. A estas alturas está bastante manida la idea que tienen algunos acerca de la buena suerte de los funcionarios que, en estos tiempos de vacas flacas, contamos con un sueldo fijo. Y esto, aunque me cueste reconocerlo, es verdad. Todos los días doy gracias por ser tan afortunada (y lo digo en serio); además, cuando pienso en la posibilidad de que a alguna mente privilegiada se le ocurra la maléfica idea de anunciar un recorte o una congelación en el sueldo de los funcionarios (para ahorrar en gastos), me echo a temblar.

Sin embargo, ciñéndonos a nuestra propia realidad cotidiana, podemos observar y comprobar con pavor que no es este el único monstruo que no deja dormir a los funcionarios. En la senda de profunda oscuridad por la que a veces camina nuestra querida Administración son numerosos los fantasmas que acechan a los desvalidos empleados públicos.

Temores que, aunque parezca increíble, no están directamente relacionados con el tema económico, sino con otros aspectos más sutiles cuya incidencia puede llegar a producir verdadero pánico a la hora de desempeñar el puesto. Estos son, a mi juicio, algunos de los miedos más fundados con los que conviven (o convivimos) diariamente algunos funcionarios:

  • Temor a ser discriminados por razón de sus tendencias ideológicas (políticas o sindicales).
  • Temor a ser apartados a un rincón para favorecer a otros empleados más afines al poder de turno.
  • Temor a no promocionar en igualdad de condiciones.
  • Temor a posibles represalias por protestar contra presuntos agravios comparativos.
  • Temor a que se les asigne funciones de inferior categoría.
  • Temor a ser trasladados de unidad sin su consentimiento.
  • Temor a que los tribunales de selección, en los procesos de promoción interna, sean nombrados con el único objetivo de asegurar que los aprobados serán aquellos que ya fueron señalados para promocionar.
  • Temor a que las bases de las convocatorias, también para la promoción interna, se hagan a medida de “los elegidos“.
  • Temor a no poder demostrar ante los Tribunales de Justicia todo lo anterior.

De este decálogo, el que más miedo produce es el último. La posibilidad de no poder demostrar ante un juez posibles irregularidades producidas en el seno de la Administración pública en materia de personal supone la mayor de las desdichas para cualquier funcionario.

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Responses

  1. Interesante (y demasiado real) Rosa.

    Yo le añadiría:

    Temor a realizar un trabajo rutinario (sin poco valor) durante toda tu vida laboral.

    Temor a que no escuchen tus propuestas de innovación en los procesos (o innovación tecnológica) y que después venga una consultora a decir lo mismo (pero cobrándoselo).

    Temor a tener nuevos jefes (que provienen de la empresa privada) con aires de ‘aquí estoy yo para renovar la administración pública’… y tener que demostrarle el pq. y cómo se realizan los procesos.

    Temor a recibir críticas en épocas de vacas flacas, pero no recibir ningún comentario en épocas de vacas gordas.

    Etc.

  2. Y también está, según que administraciones (la vasca, por ejemplo), temor a que, después de treinta años de servicio, como uno es interino, al igual que el 30% de los trabajadores de esa administración, acabe en la p*t* calle por que se ha hecho una OPE oportunista políticamente hablando, además sin indemnización, sin curriculum, con una patada en el culo y encima criminalizado por sus antiguos jefes y la sociedad.

  3. Con tu permiso Rosa….

    Temor a la discriminación. Temor a ser demasiado joven o demasiado vieja (no hay apenas viejos, ellos son hombres con mucha experiencia, nosotras si, nosotras nos hacemos viejas).
    Miedo a que llegue un jefe que tiene un amigo que no es amigo tuyo y le pida tu cabeza
    Miedo a que para justificar una injusticia quien la vaya a cometer te desacredite primero, te calumnie, te ponga en entredicho
    Miedo a no ser capaz de aguantar el tipo, miedo a caer en la depresión, miedo a ser culpable, miedo al miedo.

    Gracias Rosa.

  4. Veo que me he quedado corta enumerando nuestros miedos y agradezco vuestras aportarciones.

    MarcG: llega un momento en el que uno ya no se preocupa de aportar nuevas ideas y el resultado es la apatía y el aburrimiento. Muy interesante lo de las consultoras.

    Arturios: el oportunismo y el amiguismo están a la orden del día. Es una pena. También conozco alguna Administración en la que el porcentaje de interinos está alrededor del 20% de la plantilla y en la que esa situación de provisionalidad se eterniza.

    Anónimo con miedo: la discrimación parece que se está convirtiendo en un mal endémico en la Administración. Tenemos miedo a que se fijen en nosotros, a que quieran “quitarnos de enmedio”, a que estorbemos a los que supuestamente llegan para comerse el mundo.

  5. Tremendo. El menor de nuestros males, al menos en estos tiempos, la congelación salarial (ya hemos sufrido alguna, años ha).
    Y además algunos de los temores que recopilas, Rosa, además de fundados, se pueden cumplir “legalmente” como los traslados de unidad o la externalización.
    Y peor aún: siempre participarán como cómplices o incluso promotores de estas medidas compañeros de trabajo, sean delegados sindicales o no, además de los denostados políticos (o directivos “profesionales” de confianza o libre designación)

  6. Precisamente, esa capa de “legalidad” con la que se realizan algunos atropellos es la que nos impide poder demostrarlos ante los tribunales. Siempre he oído decir que “quien hace la ley, hace la trampa” y sin embargo creo que esto no es del todo cierto. Resulta más fácil cumplir con la ley y hacer las cosas bien; sin embargo, en algunos casos se pone más interés en darle la vuelta a la tortilla para que lo que está mal parezca que está correcto.

  7. Tenemos temores, es verdad; pero lo peor es el miedo al miedo.
    Y es que el mayor atropello es la discriminación, la descalificación, la calumnia… Ocurre que personas con iniciativa y experiencia terminan arrinconadas por no hacer las cosas como ayer, como antes, como siempre.
    Nuestra administración, esa en la que trabajamos y para la que trabajamos premia el amiguismo y al más rastrero, a quien dice “sí buana, lo que usted diga”. No es la experiencia ni el conocimientos lo que valen; pesa más ser fiel al que manda (da igual quien sea), aunque esté sea un torpe inoperante.
    Pese a todo, todavía quedan personas ilusas que queremos hacer algo diferente… Hay quien no escarmienta nunca a pesar de los temores y de ver en juego su dignidad.

  8. Rosa, en la Mirilla. hay un “cachito de honestidad” para ti

  9. […] torbellino estético no es sólo un temor de los empleados públicos, no es más que otra muestra del efebismo […]

  10. Has enumerado con tino los fantasmas que anidan en el consciente ( o subconsciente) colectivo de los funcionarios, y has fijado como doloroso el temor a no poder demostrar ante los jueces la ignominia del atropello funcionarial por los políticos.

    Sin embargo, te puedo asegurar que muy doloroso resulta para el juez, en su soledad de portero ante el penalty, tener que dar la razón a la Administración porque las reglas del juego procesal (discrecionalidad técnica, carga de la prueba, presunciones de informes técnicos, letrados públicos cualificados, etc) conducen a perpetrar el crimen.
    Vivimos en un Estado de Derecho, bajo el principio de legalidad, y no existe una habilitación para que el juez español (“boca muda de la ley”) pueda zanjar un litigio a la americana: según su convicción personal y con sentido común. Seria peligroso. Así que conozco jueces que cuando aplican el Derecho Administrativo burocrático se sienten como Manuel Bueno, el cura de la obra de Unamuno que decía misa pero no creía en Dios.

    Saludos

  11. Curiosamente leí este libro de Unamuno cuando era estudiante de bachillerato y me preguntaba por qué era tan difícil ser libre, por qué el protagonista no se despojaba de todo aquello que le impedía ser feliz y vivir en paz consigo mismo (¡bendita adolescencia!).

    Creo que debo leerlo de nuevo porque tal vez, en aquel entonces, no alcancé a comprenderlo del todo. Puede ser que “esta madurez tranquila” me ofrezca otra perspectiva.

    Gracias Sevach.


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