Posteado por: rosacobos | marzo 13, 2008

La parábola del buen funcionario

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A los funcionarios que llevamos ya algunos años trabajando en la Administración nos preocupa cada vez más encontrar la motivación suficiente para sobrevivir a la rutina que supone hacer siempre el mismo papeleo.

En el blog Administraciones en red hay algunos post bastante sustanciosos al respecto y, en general, en la blogosfera pública siempre hay algún que otro debate candente en torno a este tema.

 

 

Solemos quejarnos los empleados públicos de la falta de apoyo que obtenemos por parte de los políticos y directivos, de su incapacidad para desarrollar el potencial de cada persona y de que lo único que recibimos a cambio del trabajo bien hecho es indiferencia y condena al ostracismo. No es bueno generalizar, pero los funcionarios tendemos a culpabilizar al sistema y nos viene como anillo al dedo para justificar, algunas veces y en casos concretos, nuestra desgana y apatía. Bien es verdad que el sistema, la organización, la empresa (da igual su denominación) va empequeñeciendo nuestra iniciativa y nuestra ilusión pero si no conseguimos sobrevivir a esto y canalizar el veneno que acumulamos llegará un momento en que la amargura se instale con nosotros. Y, la verdad, nuestra vida es algo más que una jornada de ocho horas en un centro público.

 

El otro día me contaron un cuento en el que el protagonista es un funcionario de la enseñanza y aunque el desempeño de la función docente tiene sus peculiaridades, merece la pena leerlo y sacar conclusiones:

 

“Fue un día un Inspector a un Instituto de Educación Secundaria a realizar su visita periódica de inspección. Al abrir la puerta se encontró con un panorama desolador. El Profesor estaba atrincherado detrás de su mesa, a la par que los adolescentes estaban todos fuera de su sitio gritando, rompiendo el mobiliario, lanzando tizas al profesor, escupiendo y pintando en las paredes, entre otras monerías. Ante tan lamentable espectáculo el Inspector preguntó al Profesor que cómo había llegado a una situación como esa, a lo que éste respondió que no tenía suficientes recursos (tizas, ordenadores, proyectores, …) y que, además, el número de alumnos por clase era tan elevado que no le permtía trabajar con ellos en condiciones normales.

 

El Inspector sacó un corcho que, casualmente, llevaba en el bolsillo y dirigiéndose a los alumnos les preguntó si alguien sabía qué era lo que tenía en la mano. Depués de algunos segundos en el que ninguno de los alumnos podía creer lo que acababan de oir (era obvio que era un corcho), alguien quiso “seguir el rollo” y contestó: “Está claro que es un corcho”. El Inspector siguió haciendo preguntas, todas ellas relacionadas con el corcho, tales como: ¿Alguien sabe cual es la materia prima con la que se fabrica el corcho?; ¿en qué países encontramos árboles para extraerlo?, ¿qué mares y océanos separan a los continentes cuyos países son productores de este material?. Y así sucesivamente, de forma que cada que vez que formulaba una pregunta, los alumnos iban contestando. Si alguien decía una barbaridad, entre todos intentaban llegar a la respuesta correcta. Así transcurrió una hora entera, durante la cual el índice de atención por parte de los alumnos fue casi del cien por cien.

 

El Profesor no podía salir de su asombro cuando, finalizada la hora de clase, los alumnos seguían levantando la mano pidiendo permiso para hablar y preguntar acerca de los temas que habían ido surgiendo. El Inspector explicó al Profesor que, aunque es necesario contar con los medios adecuados para hacer bien el trabajo, cuando las circunstancias administrativas y económicas no permiten la inmediatez en la obtención del material o cuando la solución no resulta ser la que nosotros queremos, es necesario recurrir a la imaginación y a la ilusión para hacer más llevadero el día a día y no correr el riesgo de convertirnos en profesionales amargados y agazapados detrás de una mesa. El Profesor le dió la razón y le dijo que había tomado nota y que se sentía con más ánimo para enfrentarse a su trabajo diario”.

 

Al cabo de unas semanas el Inspector recordó el incidente ocurrido y fue de nuevo al Instituto para comprobar cómo iba el Profesor con sus alumnos. Al llegar a la clase y abrir la puerta se dió de bruces con el mismo espectáculo desolador que se había encontrado hacía unas semanas. Preguntó al Profesor: “Pero hombre, ¿es que no se acuerda usted de lo que estuvimos hablando el otro día?”; a lo que este respondió: “Sí, sí que me acuerdo, lo que sucede es que, por más que he buscado, no he encontrado el corcho que usted utilizó”.

 

El Inspector se dió media vuelta y se fue sin decir una palabra”.

 

Si esta sustanciosa parábola la aplicamos a los funcionarios en general creo que se puede extraer dos conclusiones obvias:

 

1º.- Estamos necesitados de buenos directivos (o políticos), imaginativos, con iniciativa, que sepan solucionar problemas inmediatos.

 

2º.- Deberíamos colocarnos de vez en cuando al otro lado del mostrador si no queremos caer en la desesperación laboral, y pensar que trabajamos con personas (ciudadanos, estudiantes, enfermos…) y que el contacto directo con ellas puede, algunas veces, recompensar la frialdad de los papeles o el malestar generado por una mala gestión política y administrativa.

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Responses

  1. Ojalá y los inpectores e inspectoras se pasaran alguna vez por las aulas para ver en vivo y en directo qué hacemos cada una/o de nosotras/os. Pero, lamentablemente, en el funcionariado, al menos entre los profes, cuantos menos haces y menos te implicas, menos problemas tienes, al menos en mi centro. Más saludos, Montse

  2. Es verdad, Montse, esto es solo un cuento. En la Administración local sucede igual y llega un momento en el que decides “pasar” de todo y cumplir estrictamente con tu obligación, sin más.

    Cuando descubres que las instituciones públicas no son lo transparentes y democráticas que, según las leyes, deben ser es cuando todo se desmorona y uno decide no implicarse y pasar inadvertido.

    Gracias por tus comentarios; son muy sustanciosos

  3. No se Rosa, no tengo claro que esta parábola sea de aplicación en la Administración….

    Imagino que en un hospital, en un colegio, donde trabajas para sanar personas o por el futuro de unos niños que tienes delante… supongo que es diferente.

    Pero yo no tengo la impresión de trabajar para los ciudadanos, tengo más bien la desagradable sensación de hacerlo para mi jefe, o para el jefe de mi jefe…. Para su carrera profesional, para su lucimiento, etc… Al menos yo estoy mucho mas cerca de trabajar para cubrir objetivos politicos (en el peor sentido de la palabra) que obejtivos sociales… Y asi.. que quieres, la motivación, las ganas de hacer las cosas bien no son grandes.

  4. Claro que sí. Creo, Morgana, como ya hemos tenido ocasión de comentar alguna vez, que casi todos hemos sido víctimas de tratos discriminatorios en nuestro ámbito laboral, donde no se ha respetado el principio básico de mérito y capacidad. Y si no lo hemos sido directamente conocemos, al menos, algún caso que otro de enchufismo. Cuando ocurre esto, la motivación y la vocación de servicio público van desapareciendo y llegamos a convertirnos en máquinas que hacen un trabajo reiterativo.

    Pero creo que hay que buscar algo bueno,alguna ilusión, para poder seguir trabajando.

  5. Creo que no me he expresado bien. No estaba hablando aqui de tratos discriminatorios, sino de trabajo alejado o cercano a las necesidades ciudadanas. Supongo que a un médico le resulta mucho más fácil que a un burocrata como yo motivarse en su trabajo, pues tiene enfrente al ciudadano para el que trabaja y es consciente, puede ver directamente, los frutos de este trabajo. Cuando lo que haces es papeles…pues no es tan facil.

  6. Lo unico negativo de esta parabola es el final, pues este inspector actuo conmo la mayoria de los inspectores con altivez y pedanteria mas no como un lider transformacional


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