Dicen las malas lenguas que el nuevo gobierno de Zapatero es el hazmerreír de Europa; que con tantas féminas no se le puede tomar en serio. Y es que hay muchas formas de mostrar desprecio hacia las mujeres mediante la utilización de palabras aderezadas con determinados adjetivos (aparte de los ya consagrados “zorra”, “golfa” o “furcia”, con perdón). Hace unos días Il Cavaliere dijo públicamente que el gobierno de Zapatero es “demasiado rosa” y que tendrá problemas a la hora de manejarlo debido a que tiene muchas mujeres al frente de los Ministerios. Claro que todo esto se podría perdonar si Zapatero hubiese tenido mejor gusto a la hora de elegir a sus ministras (¡!).
Creo que utilizar a determinados colectivos como blanco para hacerse el gracioso es patético pero si, además, salen de la boca del representante del gobierno de un país resultan más insultantes aún. Por otro lado, me pregunto en qué basa sus declaraciones este señor para afirmar que somos más difíciles de manejar que los hombres, a no ser que nuestro afán por conseguir lo que queremos y luchar por aquello en lo que creemos nos convierta, ante determinadas mentes, en cabezotas o tercas como mulas (si habláramos de un hombre diríamos que es emprendedor y perseverante). Otro estereotipo acerca de la condición femenina del que muchos aún no han conseguido zafarse.
Algunos hombres nos reconocen inteligencia y nobleza, pero también un espíritu innatamente indomable y necesariamente domesticable, como los caballos. Y, lógicamente, si partimos de esta premisa a Zapatero le costará sudores y lágrimas domesticar y controlar a tantas mujeres ministras, no vaya a ser que sin ese control masculino pudieran ellas llegar a perder los estribos (nunca mejor dicho).
Desde luego que el señor Berlusconi está consiguiendo que le prestemos atencion (posiblemente sea su propia estrategia política como dice el periódico), pero tal y como está la situación de las mujeres en algunos países me parece que bufonear sobre este asunto demuestra una actitud poco seria e impropia del primer ministro de un país europeo. En España se están dando pequeños pasos para conseguir, por lo pronto, un marco legal que proteja a las mujeres ante situaciones discriminatorias y las distintas Administraciones están tomando cartas en el asunto. De hecho, también las CCAA en el marco de sus competencias dictan sus propias normas de aplicación en su ámbito territorial. Si no es la Administración pública la encargada de velar para que hombres y mujeres tengan los mismos derechos y obligaciones, ¿qué institución lo hará por ella?; la Administración es la garante de la sociedad del bienestar, la que tiene que tomar la iniciativa y el impulso para conseguir que todas las personas sean tratadas con igualdad, independientemente de su género. Y si no es ella quien lo hace, no podemos esperar que sea la empresa privada la que dé ejemplo de paridad e igualdad; a fin de cuentas, en cuanto a logros sociales y laborales se refiere, la empresa privada siempre va a remolque de la pública (no debemos olvidar que muchas mujeres son despedidas de las empresas cuando quedan embarazadas o son obligadas a llevar falda durante su jornada laboral).
Y aunque sea por imperativo legal, las mujeres debemos optar a las mismas oportunidades que los hombres y ocupar el lugar que nosotras mismas elijamos, sin discriminaciones y sin presiones de ningún tipo. Tal vez las palabras del presidente italiano no sean sino el reflejo de la sociedad que nos rodea, una sociedad en la que todavía siguen vivos los prejuicios que durante años hemos ido interiorizando y que sitúan al hombre por encima de la mujer. Por ello, cuando se produce una nueva víctima de violencia de género y algunos sectores ideológicos apelan a la inoperancia de las leyes dictadas por el ejecutivo y al descrédito de quienes las amparan, es como decir que el sistema democrático no sirve para nada. La culpa debemos buscarla en nosotros mismos, en nuestro sistema social y en las costumbres y roles profundamente arraigados que sitúan a la mujer en un plano social inferior al hombre. Como botón de muestra solamente tenemos que analizar durante varios minutos la publicidad que recogen los distintos medios para comprobar que es sexista y discriminatoria hacia las mujeres. Curiosamente, a muy pocos parece molestar esto.
También ha estado en boca de todos el nuevo Ministerio de Igualdad, cuya creación nos ha soprendido tal vez porque el concepto de igualdad es tan amplio y existen tantas desigualdades contra las que pelear que, en un principio, nos ha descolocado un poco. Ha quedado claro que este Ministerio, con su ministra al frente, va a dedicar sus esfuerzos a conseguir la igualdad entre sexos y luchar contra la violencia de género y no a disminuir las desigualdades sociales en general. Probablemente esto último hubiera sido lo mejor, pero no ha sido así.
Y no por ello hay que lamentarse o rasgarse las vestiduras, sino otorgar un voto de confianza al nuevo Ministerio de Igualdad, sobre todo después de conocer que Miguel Lorente ha sido nombrado Delegado del Gobierno contra la violencia de género, porque a la hora de reivindicar la igualdad de sexos los hombres son tan necesarios como las mujeres.
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