Hace unos días varios compañeros (que vamos camino de formar parte del grupo de “viejas glorias” dentro de nuestra Administración), nos reunimos porque la Casa que nos recoge de ocho de la mañana a tres de la tarde está siendo remodelada (físicamente hablando), con lo cual las distintas unidades administrativas se encuentran repartidas por el municipio. Por eso, aprovechamos las tardes tontas de los domingos para comer o cenar juntos y así intercambiar experiencias, preguntarnos por nuestros hijos y, como no, para ponernos al día en los chismes laborales.
Después de darnos besitos, devolvernos sonrisas y alegrarnos de verdad de estar un rato juntos, poco a poco fuimos entrando de lleno en el tema que nos une. Ya se sabe, empezamos por preguntarnos unos a otros cómo está fulanita o fulanito, si está más gordo, si se ha separado, si lo han nombrado a dedo para ocupar un alto cargo, si a menganito le están haciendo mobbing, si nos congelarán el sueldo y demás cuestiones que, al fin y al cabo, nos entretienen aunque no queramos reconocerlo.
Después de algunas frivolidades más fuimos entrando en una etapa de reflexión en la que la cuestión principal que nos preocupó, laboralmente hablando, es hacia dónde vamos, porque de donde venimos lo tenemos muy claro. Empezamos reconociendo el malestar general que existe entre el personal de nuestra empresa y que trae como consecuencia la desmotivación que, a su vez, nos aboca a un sentimiendo de incertidumbre sobre nuestro futuro como funcionarios; una cosa detrás de otra, como una cascada.
Una vez que nos autocompadecimos de nuestra situación alguien dijo: “¡Fijaos en Antonio, el pobre, que lo tienen allí como un florero!”. Toma ya. Todos nos quedamos callados durante unos segundos, tratando de averiguar con más o menos acierto qué es un funcionario florero y tratando de encontrar las causas de por qué Antonio se encuentra en una situación así y, además, por qué la acepta con un ánimo tan estoico. Alguien rompió el silencio para decir: “Pues en mi Unidad hay tres floreros”, a lo que otro respondió: “Desgraciadamente, en todas las Administraciones públicas hay funcionarios floreros”. A partir de aquí surgió un pequeño debate acerca de las causas que motivan que un funcionario se convierta en un manojo de flores que rellena un jarrón y que lo único que aporta es vistosidad al entorno y el efecto óptico de que el jarrón está lleno.
Nos preguntamos qué le sucede a una persona que accede a la función pública y que una vez dentro de la Administración, sufre esta metamorfosis. Llegamos a la conclusión de que hay tres causas principales que motivan esta transformación:
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La tendencia innata al escaqueo: Existen personas que nacen con esa disposición natural que les permite, dentro de una comunidad, dejar las cosas sin hacer porque están seguros de que hay otro que las hace por ellos. A este tipo de seres les viene como anillo al dedo trabajar en la Administración pública donde pueden permitirse el lujo de escaquearse sin que la organización les exija demasiadas explicaciones. Aunque recién entrados suelen mostrarse colaborativos (en su justa medida, naturalmente), con el paso del tiempo pasan a la (in)acción liberando su instinto natural: no están casi nunca para que no se les haga responsables de ninguna tarea, con lo cual llega un momento en que no tienen nada qué hacer porque sus jefes son cada vez más reacios a responsabilizarles de cualquier tarea por temor a que se vayan de baja antes de terminarla; así de fácil. Sólo ocupan una mesa, un teléfono y un ordenador con conexión a internet, por supuesto.
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El castigo político. En este tema tuvimos algún que otro encontronazo. Varios de nosostros insistimos en que algunos partidos políticos son más vengativos que otros (la soberbia acumulada a lo largo de cuarenta años no se sacude fácilmente) y que persiguen con más “mala leche” a los que no piensan como ellos, mientras que otros afirmaron que no importa el partido político. A fin de cuentas, lo que sí quedó claro es que cuando un funcionario se dedica en cuerpo y alma al partido que gobierna en ese momento, luego vienen “los otros” cortando cabezas. Lógicamente, estos funcionarios que demuestran abiertamente sus apegos políticos son castigados cuando gana el equipo contrario, quedando arrinconados sin asignación de competencias. Esta situación se produce con una periodicidad de cuatro años, tal vez ocho como máximo.
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El desencanto. Todos nosotros coincidimos en el peligro que supone para la empresa que el número de funcionarios desencantados ascienda. Este tipo de personas acceden a la función pública bien preparados, con ilusión por hacer bien las cosas, con iniciativas, con propuestas para mejorar el entorno de trabajo y, sobre todo, con ganas de trabajar pero que, con el paso del tiempo, es la propia organización (a veces con prácticas poco deseables tales como amiguismo, clientelismo, corrupción, prevaricación..) la que da muerte a la ilusión, al entusiasmo y a la sensación de creerse una pieza importante del sistema.
En este momento, todos nos centramos en analizar por qué esta última situación es la más alarmante; y es que el grupo de desencantados ocupa una tierra de nadie que contiene ese caldo templado donde se cuece la decepción, el hastío y la indiferencia. Los integrantes de este grupo no importan a nadie pero tampoco molestan; nadie los escucha pero tampoco los ignoran por completo; no les rebajan el sueldo pero tampoco cobran productividades. Con el paso de los años y después de sufrir varios cambios legislativos los funcionarios llegan a la conclusión de que no importan a nadie y que cuanto menos trabajen mejor y, además, cuanto más desapercibidos pasen menos los putearán. Y llega un momento (ya cercano a la jubilación) en el que los desencantados prácticamente se autoliberan de casi todas las obligaciones. Porque, a diferencia de los escaqueados y de los castigados políticos en los que paulatinamente la organización los exime de cualquier responsabilidad, en este caso son los propios funcionarios lo que personalmente eligen convertirse en florero.
Después de esto, nos despedimos con un mal sabor de boca y con un verdadero sentimiento de pánico al pensar que podríamos estar sufriendo esta temible metamorfosis.
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