
El Diccionario de la RAE dice que perder el norte es lo mismo que desorientarse. Nos desorientamos cuando no sabemos dónde estamos ni qué posición ocupamos. Creo que, en múltiples ocasiones, perdemos el norte desde el momento en que formamos parte de alguna organización, institución o similar y olvidamos por qué y para qué estamos ahí.
Navegando por la blogosfera me he topado con tres artículos bastante interesantes y que merece la pena leer. A mí, su lectura me ha producido cierto pánico y no he podido evitar imaginarme una sociedad selvática regida por la ley del más fuerte, o la del más rico, y en la que el egoísmo atroz de algunas personas acabe por engullirnos a todos.
El artículo escrito por Antonio Arias acerca de la cesión ilegal de trabajadores a la Administración me ha dejado profundamente sorprendida, no sólo por la claridad en la exposición del tema sino porque al problema que plantea no se le presta la atención que merece (menos mal que el Tribunal de Cuentas ha dado la voz de alarma). Cuando las ofertas de empleo público son cada vez más reducidas bajo el lema de la crisis económica (algo que suena más a excusa que a otra cosa), asistimos atónitos a unas maniobras de engorde artificial de las plantillas de personal de las administraciones públicas mediante la contratación de empresas de servicios cuyo personal es absorbido, a la postre, por la Administración. Los contratos de consultoría y asistencia, los de servicios y la creación de empresas públicas parecen ir en aumento sin que esto suponga una especial preocupación para los guardianes de las arcas públicas.
El segundo de los artículos titulado “Corrupción en los Ayuntamientos“, del blog de José Manuel Baeza, nos plantea la cuestión de si los ciudadanos hemos llegado a aceptar con total naturalidad que los casos de corrupción formen parte de la actividad político-administrativa; señala el autor de este post algunas causas que le han hecho llegar a esta conclusión y apuesta por una “profundización en la democracia”.
Y, por último, el tercer artículo que ha puesto la guinda al pastel ha sido el de Félix Serrano en el que nos habla de “La Filosofía del decrecimiento“, una reflexión bastante acertada acerca de la necesidad que tenemos de aumentarlo todo.
Tal vez esta filosofía del decrecimiento resulte ser una de las apuestas más apropiadas para remediar determinadas situaciones actuales y su aplicación al problema del aumento artificial del personal en los Ayuntamientos pudiera resultar beneficiosa. En cuanto a los casos de corrupción, cualquiera sabe de qué manera se puede acabar con esta depravación. Pero está claro que uno y otro son dos aspectos del ámbito administrativo que deben decrecer, menguar, para que esta gran epidemia deje de propagarse.
Parece que está de moda aumentarlo todo, incluso a costa de la vulneración de los derechos de los demás, tendiendo a adulterar las cosas que mediante su evolución normal permiten reducir desigualdades y aumentar el bienestar de la mayoría. Posiblemente nuestra obsesión por el enriquecimiento personal y por la obtención de beneficios propios nos impida aceptar que se puede vivir mejor sin engañar ni defraudar a los demás. Vivimos en una sociedad materialista, consumista, basada en el dinero y en el lucro particular. Y lo peor de todo es que se nos está imponiendo erróneamente como la forma ideal de vivir. Los casos de corrupción, por ejemplo, ya casi no nos asustan, asistimos impasibles a una serie de corruptelas que se han convertido en el pan nuestro de cada día y que, en lugar de decrecer, aumentan (por cierto, y al hilo de esto, alabo la decisión adoptada por la Universidad Rey Juan Carlos de excluir a Julián Muñoz de sus cursos). Para colmo, los funcionarios públicos están dejando de ser seleccionados respetando los principios constitucionales de capacidad, mérito e igualdad. Decididamente, estamos perdiendo el norte.